Una vuelta al mundo de campos de fútbol insólitos

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París (AFP) -

Jugar al fútbol es posible en todo el mundo, sea cual sea el lugar, en lo alto de un rascacielos en Asia, en una pista polvorienta de las majestuosas montañas de Nepal o al pie de un antiguo acueducto en Roma.

En Brasil, un país apasionado por el fútbol, hay campos entre los edificios. Es el caso en Sao Paulo, donde un inmenso retrato del delantero Gabriel Jesús pintado en las fachadas cercanas observa a los jugadores en el campo. O en el corazón de la Tavares Bastos, donde los futbolistas se disputan la victoria en medio de edificios de chapa y ladrillo.

En Brooklyn (Nueva York), los partidos se juegan junto al río, con la Estatua de la Libertad de fondo.

En Seúl juegan de noche, encima de un centro comercial, en un campo iluminado por potentes proyectores.

En el Monte de Gourze, en Suiza, los jugadores tienen a sus pies la vista mágica del lago Lemán.

En la otra punta del planeta, en el puerto de pesca de Henningsvaer, en el archipiélago ártico de Lofoten, en el extremo norte de Noruega, el césped sintético verde contrasta con un paisaje de montañas nevadas junto al mar. En este clima el césped natural no podría sobrevivir.

En Turín (Italia), hay un campo de fútbol rodeado de viejas fachadas ocres y de campanarios en el horizonte mientras en Rugeley, en el centro de Inglaterra, los equipos juegan a los pies de cuatro inmensas chimeneas de una central de carbón, todavía en funcionamiento.

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